|
–¿Qué
pasaba en la música, acá en Buenos Aires, cuando Uds. empiezan con
Almendra?
–Hay
varias vetas, dentro de eso. Primero, porque la idea de Almendra fue
algo que se fue gestando antes de que estuvieran los elementos para
poderlo hacer. Fue un proceso creativo que se fue gestando hasta que
se cristalizó en una cosa definitiva, que fue el cuarteto Almendra.
Ese proceso empezó porque nos conocíamos todos... teníamos
referencia de quiénes éramos, especialmente Emilio Del Guercio y
yo, íbamos en el mismo horario del colegio a la misma división, y
después del colegio también íbamos juntos.
–Y se empezaron a dar manija...
¿Qué año era ése
–Calculá que era el 65, 66. Nos conocíamos, con Emilio tenía un dúo...
–En ese mismo momento, en otro punto del mapa, Moris
y Javier también se daban manija...
–En
nuestro trato amistoso de colegio, de compañeros de banco, cada uno
empezaba a crear instintivamente lo que le parecía, bromeábamos
dos horas en una misma onda, una forma vivencial que rompía con los
códigos rutinarios. Hicimos un dúo llamado “Bundlemen” (Atado
de hombres), y nos presentamos en los festivales del colegio, y tocábamos
canciones que nos gustaban... y siempre tratábamos de meter alguna
cancioncita nuestra...
–¿Y
las otras canciones qué eran, Beatles?
–Beatles en su mayoría. Esa era una fuente de manija.
–¿Con qué se acompañaban?
–Guitarra,
y a veces Emilio tocaba el bajo. Además sucedían cosas inusitadas,
como que íbamos a su casa, y después de estudiar o hacer las mínimas
tareas, porque en verdad no nos interesaba un carajo lo que hacíamos,
sino que nos interesaba otra cosa que todavía no la podíamos
hacer, pero sabíamos que debíamos empezar a manejarla... cada uno
se ponía a escribir poesía en un rincón diferente de la pieza, y
después las leíamos y las archivábamos...
–¿Leían poesía de otros?
–Sí,
leíamos a Neruda, teníamos un trabajo intelectual poderoso... me
acuerdo que con Emilio nos interesaba mucho Residencia
en la Tierra, también me acuerdo de haber leído mucho a Cortázar,
a Sartre, Ray Bradbury... nada que ver con el colegio, esa era
“nuestra labor”. Lo demás hinchaba las pelotas. No era. La
capacidad creativa era... estábamos continuamente al mango, editábamos
en el colegio periódicos manuscritos en colores, versiones
artesanales de lo que podía llegar a ser Satiricón,
con personajes totalmente ridículos, tratábamos de expresamos
en todos los niveles. Éramos mancebos prácticamente, nos habían
educado así, no éramos tipos que tenían la “gran calle”, ni
la “vida”, ni un corno. Éramos absolutamente líricos y
afiebrados por ese lirismo nos cagábamos en todo. Y además sufríamos
mucho, cada 15 días íbamos a parar a una comisaría... por nada,
no se sabía, era como un imán que aparecía, venga y ¡pum!
–adentro-afuera– daba más para pensar en la mala leche que en
la represión. No nos sentíamos reprimidos. Pero nos dábamos
cuenta que nos daban duro. Para colmo de males, al año y medio de
eso, tras enamorarme muchas veces de chicas que había conocido, me
enamoré y fui correspondido por primera vez en mi vida, y ahí me
fui directamente al recarajo. Se sumó a toda la polenta que puede
llegar a tener el enamorarse a los 17 años. Los elementos no podían
estar mejor, condimentos para crear algo. Por otra parte fijate que
yo había estado tocando con Rodolfo, él se fue a la colimba,
recuerdo que un día me mandó una carta diciéndome: “Luis, tenés
que leer La libertad primera
y última de Krishnamurti”. El la estaba leyendo allá. Me
acuerdo... por supuesto yo no la leí... leía otras cosas, no creía
en eso. Aparte me parecía un rasgo medio obsoleto de Rodolfo. Con
esas cosas medio añejas, pero que por ahí tienen la papa. Y después
por otro lado estaba Edelmiro, que era un pedante absoluto, un
racista total, un maniático de primera. Con Emilio sabíamos que
podía pasar cualquier cosa, pero que nosotros íbamos a saber “de
qué se trataba el asunto”. Lo supimos en el momento de la
disociación, cuando cada uno hizo un racconto y dijo “me parece
que esto es así, negro”. Y después uno por un lado, y otro por
el otro. Y es increíble. Una
de las últimas cartas que me mandó Emilio... Nos hemos vuelto a
decir que sabemos de qué se trata. Sabemos que el tiempo y las
distancias no nos condicionan. En aquel momento musical nos matábamos
con Los Beatles, con conjuntos como Love, con Cream, con todo lo que
pasaban por Modart en la
Noche, nuestra matanza máxima. Pasaban Los Beatles y nos poníamos
a llorar como dos boludos. Un día de lluvia parecido al de hoy,
pero llovió más temprano, era un sábado a la noche, había un
clima de amor, yo me estaba enamorando... y ellos estrenaron Strawberry
Fields Forever y Penny
Lane. Con Emilio estábamos
pegados a la radio y casi nos da un ataque. Quedamos como
paralizados mirándonos y no sabíamos si reír o llorar, porque eso
nos hacía bolsa, era una cosa... lmaginate la manija que había,
porque de ahí salió todo. La parte intelectual de Almendra siempre
recayó en Emilio y en mí. La gente empezó a aislarme a mí de
Almendra, aunque yo estaba en un conjunto perfecto y era igual como
soy ahora. No comprendía tocar en otro lado. Me colgaba la
guitarra, sacábamos los temas, y la cosa iba para adelante.
Desaparecían todos los tocos. La crítica comenzó a aislarme de
Almendra como conjunto, pasaron a identificarme a mí por separado.
–Volviendo un cachito más atrás, ¿en qué momento se
consolida la idea de Almendra, cómo sale?
–Almendra surge de lo siguiente: nosotros... nuestra música le había
interesado a Ricardo Kleiman, a través de un concierto en el que
fuimos a ver a Los Gatos y lo conocí y le hablé, pensando que
pudiera escuchar lo que hacíamos. Eso fue en el teatro Payró, hubo
una polémica en la que estuvo Palito Ortega, había un par de fans
de Tanguito... No sé, teníamos el poder de ser disolventes, con
Emilio. Cuando se armó la polémica, nos habíamos repartido en
lugares diferentes de la sala para poder discutir entre nosotros
como si no nos conociéramos y poder levantar así la presión del
ambiente. Emilio me decía: “Sí, porque hay que hacer esto...”.
Yo me paraba y contestaba: “Sí, pero no te olvides que también
además si esto no pasa, esto otro va a suceder, si los músicos no
empiezan a tomar conciencia de cantar en castellano...”. Ese tipo
de cosas. Me acuerdo que enseguida atraje la atención de Kleiman...
quedó en venir a escuchar al conjunto, y esa noche no dormí.
Sabía que el fato estaba, apareció, no sé si con Fabián
Ross, o con Amadeo, y escuchó por primera vez lo que primero escuchó
un productor... A dónde vas
Mary Sue, un tema mío. “Where aro you going Mary Sue...”
una cagada. Kleiman
planteó un interrogante sobre cantar en inglés o en castellano, y
sugirió que hiciéramos las dos cosas. Eso nos hizo pensar que estábamos
pisando en falso. Habíamos creado sin prejuicios, el idioma era lo que menos
importaba. Yo ya había hecho muchas canciones en castellano, pero
me daba miedo cantarlas. Las cantábamos siempre en el núcleo
familiar. Temía que las interpretaran como cosas marcianas, que no
eran naturales.
–Salvo Los Gatos y Moris (que no grababa) nadie cantaba
cosas importantes en castellano... También estaba Tanguito... y
Los Beatniks fueron una fiebre de verano.
–Además ese concierto de Los Gatos fue el primer recital, en un teatro, donde la cosa era decididamente
frontal. Cuando Rodolfo se fue a la colimba nosotros nos habíamos
bautizado Los Beatniks, y cuando apareció Pajarito Zaguri con Los
Beatniks y ese nombre pintado por todas partes... vimos que teníamos
que cambiar de nombre. Kleiman
nos escuchó y dijo que íbamos a hacer una prueba de grabación
para RCA. Tras los pequeños cabildeos de rigor, fuimos a parar a la
RCA, nos conectaron con Bárbara y Dick, y me pidieron temas para
ellos. Y compuse tres
canciones para ellos. Una llamada Dónde
están las palomas, otra que era Sección
de pan de centeno, y
la tercera no sé. Luego se cristalizó la fecha de la grabación.
Fuimos... todos los arreglos del Tema
de Pototo y El mundo entre las manos, los hice yo. Los hice a capella,
totalmente, y con Alchourrón... los transcribió al papel y corrigió
algunos errores que había. La grabación fue altamente
satisfactoria para nosotros, a pesar de todo. En tres o cuatro meses
habíamos pasado de la nada, a todo. Como por arte de magia.
Entonces ahí empezó la gran vorágine. Decidimos que todo lo que
tocáramos lo íbamos a cantar en castellano, que había que empezar
a crear. Recuerdo conversaciones en las que barajábamos cosas como
la música de Waldo de los Ríos, que era como del futuro... Los
Beatles, Piazzolla... mezclábamos todo, nos gustaba la
Misa Criolla. Era un quilombo. Sabíamos que el producto tenía
que ser como barroco, tenía que cumplir con todas las necesidades.
Tenía que ir directamente a la poesía sin ningún tipo de
prejuicio. Y se empezó a trabajar Hoy todo el hielo en la ciudad y Campos verdes. Inmediatamente, como por arte de magia, acelerados
por todo eso que nos estaba pasando... compuse tres o cuatro
canciones que rompieron todo... todo. A mí mismo me rompieron todo.
Yo no entendía nada. Almendra tocaba eso y se derrumbaba todo.
Una canción hablaba del “sol de lata”. No me acuerdo.
Rodolfo podría dar los nombres perfectos. Y ahí nos empezamos a
conectar, un poco a través de Charlie Levy Leroy, de Amadeo Álvarez,
recuerdo que asistimos a un par de zapadas de Claudio Gabis, con
Alejandro Medina.
–¿ Cómo salió la grabación de "Pototo" por Leonardo Favio?
–Eso no sé como se dio. Sé que le interesó y la grabó. Nosotros nos
sentimos responsables, como algo negativo, él no nos gustaba nada.
No se transaba con nada. El acecho era total, un curro alucinante.
Aunque hicimos alguna concesión, como cortarle parte de la letra al
Tema de Pototo, para que entrara en los dos minutos y medio.
Primer gran dolor. Segundo gran dolor, también cercenada la
letra de Todo el hielo.
–El mismo problema lo tuvieron Los Gatos.
–Era
totalmente lícito. Había que jugar con esa baraja.
Era así o así. El año en que grabamos, con Emilio íbamos
todavía a Bellas Artes. Acabó el año y terminamos ganando sendos
premios, creo que él de grabado, y yo de dibujo. Fines del 68. Ahí
en el país había todo un asunto que comprimía a la parte
intelectual pero que se ramificaba por todos lados. Yo ya había
empezado a sentir las primeras presiones a lo creativo. Después de
grabar el segundo disco, Gabinetes
espaciales, Almendra se fue a trabajar a Mar del Plata, en
Matoko's. Nos encontramos allí con que después de nuestro debut,
tocando todos nuestros temas, en el boliche se cayeron todos... lo
que pasó fue una cosa alucinante, no entendían nada. Los tipos nos
dijeron que teníamos que tocar otra música, y muy apesadumbrados
nos pusimos a sacar Hey Joe de
Hendrix, Sunshine of your
love de Clapton, no sé, algunas cinco o seis canciones, algunas
de Steve Winwood, para poder seguir laburando, y ya éramos
Almendra. Y entremezclados con esos temas siempre mandábamos algo.
Recuerdo que en esa época me había conectado un poco con
Miguel Abuelo, con Pipo Lernoud, y ya empecé a entrever gente como
Jorge Álvarez, Piri Lugones, Silvita Lachupa, Pappo, Javier,
Alejandro, empezó a aparecer otra gente que no había conocido
nunca...
–¿Alguna vez caíste a La Cueva?
–¿A
la de Rivadavia?
–No, a la de Billy Bond no, a la primera, la de Pueyrredón.
–Jamás
fui. El que fue una vez, con Guido Meda, fue Rodolfo. Había gente
que no conocíamos y que
traía una onda que nos deslumbraba, por ejemplo, la primera vez que
escuché a Claudio Gabis quedé anonadado, jamás había podido
imaginar que un guitarrista acá tocara lo que tocaba Claudio, en
ese momento. Con la Telecaster y ese sonido fuzz
tipo Clapton. Y después empecé a ver cómo tocaba Pappo y nos
empezamos a enloquecer... Un día en el estudio TNT, mientras
Almendra grababa, estaba Javier Martínez balbuceando sus armonías
urbanas, con la negra Blanca, Pappo, Alejandro Medina... todos en la
mano “que tumba”. Me acuerdo que una vez le dije a Javier “¡Vos
tenés que grabar!”. Lo escuché y me gustó lo que hacía, y le
dije: “Voy a ver si puedo hablar con Kleiman, para que vos
grabes”. No sé. A partir que conocimos a esa gente, empezó la
gran pálida, te juro por Dios. Esos tipos nos boicotearon desde el
momento en que nos conocieron. Se reían de la música que hacíamos.
Aunque había gente que valoraba lo nuestro, como Gabriel el Zombi,
Miguel Abuelo, Pipo Lernoud. Jorge Álvarez comenzó a mostrar la
hilacha de inmediato. Cuando nos conectamos en Villa Gesell...
–Ellos hicieron el recital-presentación de Mandioca en el
Apolo en noviembre del 68. ¿Cuándo fue el de ustedes en el instituto
Di Tella?
–Mucho
después... El panorama se empezó a ennegrecer en Mar del Plata, al
menos para mí, cuando tocamos en Matoko's. Todos mis proyectos, que
se venían dando de una manera muy contundente, y que habían
llegado a establecerse medianamente en la realidad, se empezaron a
ir al diablo cuando Jorge Álvarez empezó a invitarme para que me
fuera de donde estaba e ingresara al círculo de Mandioca... un
clima que no me gustaba. Estaba ese chico que después se suicidó,
Alejandro Peralta, un tipo que nos odiaba. Yo era tan ingenuo que me
daba con todo el mundo, en ese momento no me percataba de que me
odiaban a un nivel infernal. Me acuerdo que un día vino Claudio
Gabis a mi casa, con una pareja de muchachos que después se mataron
en un accidente de auto, a decirme que le habían hecho un vudú a
Lito Nebbia. Una cosa que creo que todos los sentidos juntos no
alcanzan para darle cabida, era una alucinación, una cosa enfermísima.
Ahí yo entré personalmente en contacto con el reviente,
con lo que después originó el reviente. Había cosas muy
buenas, había unas sesiones de Manal que eran realmente una
maravilla… Yo creía que al haber conocido a Pappo había conocido
a una de las personas más geniales que podía conocer. Y me tuve
que desengañar de eso como cinco o seis años después. Porque fue
una cagada tras otra. Y
uno no queriéndose convencer de que Pappo era un turro, de que era
un fachista tremendo. Te diría que a ese nivel puedo tener
sentimientos de resentido, con cosas que siempre me olieron mal y
que como me acordé tan tarde... me da bronca para atrás. Fuera de
joda eso alteró mucho el proceso creativo de acá. Toda la ondita
de tipos que si no tocabas blues eras un paquete... todo eso fue una
cosa terrible. A mí eso, por momentos, me socavó. Terminé
haciendo un blues que ni yo mismo sé que es.
Allí empezó una lucha titánica... ¿Te das cuenta del
proceso? Al lado de las ondas que se cocinaban en Mandioca, nosotros
éramos unos boluditos... Una vez, en el Di Tella, los Manales,
estrenaron un tema Los 500
millones de la Begum dedicado al periodista Miguel Grinberg...
porque vos les habías bajado la caña en su recital del Apolo, y
ellos te contestaron el toco con ese tema, hasta con diapositivas. A
mí ese círculo se me presentó como un ámbito de gente corrupta.
Desgraciadamente, yo cuando le rajé era tarde, caí en el seno del
toco. Una noche de gran soledad en que me había enojado con mi
mujer... desemboqué con uno de ellos en una madrugada de terror en
donde se me estropearon las primeras neuronas de mi vida,
experiencias que destiñeron gran parte de la lucidez que yo tenía
a esa altura. No me socavaron a niveles dañinos, pero en ese
momento ¡TRAC! recibí lo que tenía que recibir, porque yo no me
privaba de nada, todo era conocer y abarcar.. pensaba que Manal y
que Pappo y que Los Gatos y que todo mataba, que era una cosa
impresionante, y sabíamos que Almendra rompía todo, y todos los
demás conjuntos también, que se había armado acá la gran pelota,
y que en última instancia por ahí fue eso... pero eran diferentes
formas de encarar el mismo fenómeno.
–Para afuera fue tan importante, pero por dentro
fue otra cosa.
–Álvarez
tenía la habilidad de concentrar la información.
Por ejemplo, después de un mal concierto de Manal, decía:
“Mirá, este es el mejor conjunto del mundo, y vamos al Fillmore
con Manal y a Jimi Hendrix se le van a poner los pelos de
punta...”. Por ejemplo, cosas así. Y yo no me avivaba de nada de
lo que estaba sucediendo. Me limitaba a componer... no sé de que
manera vivía. Recuerdo que una noche hicimos una especie de bacanal
con Silvita Lachupa, Pappo y Miguel Abuelo, y Pappo cerró la
habitación de Mario Rabey con llave, y empezó a pintar esvásticas
en todas las paredes, para friquearlo al Rabey, cuando viera la
habitación. Cosas que yo no entendía un carajo, me divertía, era
un poco la libertad, yo que sé... me fui metiendo... y cuando me
quise acordar... Emilio, Rodolfo y Edelmiro tuvieron una gran
lucidez, y no entraron... sólo yo lo hice... ahí empecé a mear
fuera del tarro. Después empezó para mí otro proceso de
rebobinado... la pérdida del amor... ya habíamos hecho el LP, teníamos
ensayado completo el primer acto de la ópera de Almendra, una cosa
monumental... el álbum doble fue el que después desembocó en la
separación del conjunto. Todo
fue un grado de locura terrible. Emilio no entendía lo que me
pasaba, y no fue capaz de ponerme una mano en el hombro y decirme
“Luis...” El estaba en un letargo, yo se lo reproché mucho.
Cuando me vieron que me fui un poco, me dejaron solo, y me hice
mierda. Me quedé solo. La relación con la mujer que amaba empezó
a trastabillar, mi psiquis también, mi música se empezó a
fortalecer en un extraño idioma que ni yo mismo sabía qué era, y
sobrevinieron los peores momentos de mi vida. Emilio tenía su vida
amorosa y se recluía en su departamento. Yo necesitaba que Almendra
comenzara realmente a tocar, y eran shows, y más shows... Volvía
de tocar con un fajo de guita así, tenía mi Citröen, era un
delirio total. No había forma de pararla. Empecé a componer una música
que a Rodolfo lo deslumbraba. Yo sentía que Rodolfo no tenía la
polenta necesaria para la música que me salía... empezaron con él
los conflictos estilísticos, y Almendra empezó a pudrirse por
sectores. Sólo Edelmiro trataba de seguirme la corriente. Cuando
decidí separarme del conjunto... me pedían que no lo hiciera. No
me olvido de un día en la casa de Aníbal Gruart, Rodolfo me
preguntó si yo creía que todo estaba agotado con Almendra... si no
quedaba ninguna naturaleza. Yo quería desaparecer totalmente, quería
ser bajista, que nadie me escuchara, que nadie escuchara mi voz...
como esos bajistas negros que tocan atrás en esas bandas de
borrachos, que nadie sabe quiénes son... me había hartado de la
prensa, la crítica –cercana y lejana– y por otra parte uno de
los síntomas principales de fracaso... Cuando compuse la ópera de
Almendra, la famosa y legendaria ópera inconclusa, había tratado
de rescatar un poquito de cada una de las cosas que me maravillaban.
Eran seis personajes, cada uno de ellos estaba encarnado por mi héroe
musical de este país: Javier,
Moris, Miguel Abuelo, Roque Narvaja, Lito Nebbia. Era una respuesta,
un síntoma de lucidez ante todo el quilombo en que yo vivía. Me
acuerdo que empezó la época del desgano, del descreimiento
creativo en Almendra. El conjunto se había “instalado”
comercialmente, se había empezado a ganar guita... Edelmiro tocaba
con equipos prestados, un día cobró una guita, y se apareció con
un Fiat 600. Y le decíamos: “Pero negro, ¿cómo no te compraste
un equipo?”. Y se puso a producir a Pot Zenda... mil quilombos. La
ópera estaba a medio hacer y a nadie se le ocurría ensayar, síntomas
que se reprodujeron con Pescado Rabioso, con Invisible, todas las
formaciones musicales por las que pasé. Donde entra una apatía,
una especie de desgano general... que nadie está excitado como para
decir "che, vamos a tocar algo". No nos contábamos nada,
no charlábamos... mi pequeño hogar se desbarató totalmente, me
encerré en un mundo oscuro... dije “se terminó todo”. Antes de
disolver Almendra les propuse grabar en un disco una obra totalmente
aleatoria. No grabar ninguna canción, ir al estudio y encender la máquina
y tocar sonidos hasta cumplir los 32 minutos de banda útil total,
dividido por la mitad, poner una de cada lado y titular el álbum La
música que toca cualquiera.
Así era mi modo de expresar el caos en que vivía. Para mí era
tan importante el llanto de un bebé, como la guitarra de Eric
Clapton. Tenía tanto que ver la Incredible String Band, como Cream.
Se trataba de otra cosa.
Ante el aluvión de responsabilidades creativas, yo consideraba
que Almendra daba como para crear una música absolutamente
aleatoria que rompiera todas las carreras que se conocían aquí y
en cualquier lado. Tocar una música inspirada en los acoples, que
pasara por percusión, por ritmo, por todo. Pero que no fuera en sí
ninguna preestructura, ninguna naturaleza. Un proyecto que se
conservó para hacerlo alguna vez Emilio y yo, y que tal vez se haga
porque lo hemos charlado en cartas, sobre esa famosa
obra. Esas cosas que yo intuía eran producto de una
clarividencia mía momentánea, o de una premonición. Como discutir
con Rodolfo que los shows en clubes eran el cáncer más infernal
por el cual un conjunto como Almendra podía sufrir, cualquier
conjunto, pero especialmente nosotros. Decir que un conjunto tenía
que tocar por lo menos una hora, cosa que después Rodolfo puso en
Aquelarre. Para que te des una idea de los quilombos que yo tenía
en ese momento. Y de como yo me había plantado lo que era el rock
local. Me acuerdo de haber discutido que tarde o temprano los
equipos iban a ser estéreo... y el tiempo me dio la absoluta razón.
Y discutir con Ángel del Guercio al borde de las puteadas, cuando
él me llamaba “delirante”... Y yo insistiendo que Almendra
precisaba un equipo de voces estéreo, y que Almendra tenía que ir
al extranjero para conseguir ese nivel total, para contar con los
elementos. Yo trataba de ir a ese tipo de información, me mataba
tratando de buscar algo que me retribuyera la locura que yo tenía
en la cabeza. Había planteado que Almendra viviera en una especie
de comunidad, cosa que fue rápidamente rechazada por el conjunto, a
la que pudiéramos ir cada quince días con nuestros amigos, con
nuestra gente, alquilar una quinta: teníamos posibilidades de
hacerlo. Y tocar por el placer de tocar. Y grabar las zapadas, irlas
escuchando, barajar el material a un nivel más artesanal. En cierta
forma, toda la impotencia mía fue llevando velozmente a la crisis
total. ¿Comprendés?
Siguiente... |